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sábado, 2 de junio de 2012

Hubo un tiempo en el que las distancias eran insalvables


Hubo un tiempo en el que las distancias eran insalvables entre el mar y las montañas.
Eran insalvables no por los kilómetros que les separaban, sino por los obstáculos del camino y los anclajes que aferran a cada persona a su lugar natural.
Una mujer contemplaba desde el mar lo que no podía divisar con su vista, pero si en su corazón.
Contemplaba el blanco de la nieve en las montañas, mientras el calor del sol de verano le doraba la piel igual que el calor de una chimenea con exceso de troncos.
Si se esforzaba casi podía sentir en su imaginación el frío  viento del invierno en su cara y esos copos de nieve gruesos cayendo sobre la capucha de su anorak,  haciendo ruido al caer sobre su cabeza, pero la realidad era otra.  Se encontraba en una cálida playa   bajo un sol abrasador nada que ver con el lugar donde deseaba estar y así pasaba un día tras otro. Perdía su mirada en la profundidad del mar y gritaba silenciosamente al viento  un mensaje secreto.
Allí a lo lejos, en las cumbres un hombre avistaba el horizonte.  Subió montaña arriba,  muy alto, por encima de las nubes. Las otras montañas quedaban por debajo de sus ojos y en días despejados  podía ver a lo lejos un mar, pero no era el mar de la mujer de nuestra historia.  Giraba 90ª a  la derecha buscándola en su playa, pero allí no había ningún mar. Se encontraba desorientado e inseguro. No encontraba la forma de divisar el cálido Mediterráneo desde tan lejos.
Todo quedaba tan lejano y los caminos no eran fáciles ante la incerteza.
Un día  recordó que las promesas que no se cumplen,  regresan en otoño a preguntarnos por qué las ignoramos en su momento y decidió dejar de preguntarse y buscar una respuesta. Se armó de valor y recorrió miles de kilómetros  en busca del calor lejano y descubrió  que no hay mayor alegría que descubrir que a quien buscábamos  nos estaba esperando.